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domingo, 24 de mayo de 2015

La envidia tiene dos caras

Dos Frutos de la Envidia




La tenebrosa mano del pecado, se apoderó del frágil corazón de Caín y la estrujo de tal manera que oscureció ser ya confundida mente. Confundida, al no entender porque la ofrenda de Abel, era más agradable a Dios que la suya. Y con el orgullo lastimado cogió una inocente piedra y  la descargó con toda en la nuca de su hermano, convirtiendo a esa piedra en arma de homicidio. Este es el primer fruto de la envidia. Junto con la violencia, la crueldad y el desatino.


Pero Dios que es tan sabio pero sobretodo justo. Creó la contrapartida; otro fruto de la envidia que engrandece al hombre. Es el fruto de la superación, es lo que los sabedores del alma humana lo conocen como la “Sana Envidia”.


Si Caín en vez airarse por la mejor ofrenda de Abel, se hubiera propuesto la siguiente vez a hacerlo mejor otra hubiese sido la historia.


El primer fruto de la envidia es destructivo, cruel y despreciable. Rompe toda ilación con Dios, con la sociedad y consigo mismo. El segundo fruto es constructivo, generoso, leal, asociativo, altruista, etc. Usa esa envidia como estímulo personal.


Por todo esto dice Jesús:


“Por sus frutos los conocereis”  

domingo, 26 de abril de 2015

Una simple virtud.

ABNEGACIÓN: Virtud desechada.

¿Se puede deshacer una virtud y enviarla al cofre del olvido? Parece que sí. Esto es lo que ha sucedido con la abnegación, una virtud y una palabra que no aparece en los libros de textos escolares, en los diálogos ni en los libros literarios.
¿Qué ha sucedido?, ¿por qué esta humanidad ha dejado de lado las manifestaciones más nobles y sensibles del hombre hacia el prójimo?. Sería bueno ante todo rememorar el significado de esta virtud que la mayoría omite de su conversación.
La abnegación no es un valor humano sino una virtud divina, y por lo tanto, desciende de lo alto; de lo íntimo de Dios al corazón del hombre y provoca la propia renuncia a su propio a su bienestar en favor de quienes sufren inconsolablemente las miserias del dolor, la enfermedad y la frustración. Es una virtud alturista y edificante para quienes donan.
Hasta tiempos recientes, las mujeres eran el símbolo de la abnegación como madre, esposa e hija. Cuando se escuchaba esta palabra por antonomasia los hijos recordaban a la madre, los hombres a su esposa y los padres a su hija.
No debemos olvidar que el mayor ejemplo de abnegación fue configurado por la sagrada familia de Nazareth: José, María y Jesús; la renuncia de José a sus derechos esponsales sobre María, la aceptación de María de someterse a lo que diría la gente, y del mismo Jesús, hacer el absurdo de morir en la cruz.
La modernidad que ha desplazado la empatía social del hombre hacia el egocentrismo a despojado este don divino de sus afectos. Es una virtud que requiere el sacrificio, paciencia, generosidad, desprendimiento y tembién mucho sufrimiento, por lo tanto, a veces resulta no muy agrdable, pero sería bueno recuperarlo y no deshecharlo.